Durante décadas, el discurso político ha oscilado entre polos aparentemente opuestos: izquierda y derecha. Dos conceptos heredados de una estructura parlamentaria europea que, con el tiempo, fueron desbordando su significado inicial hasta convertirse en etiquetas cargadas de emociones, resentimientos e identidades artificiales. Hoy, esa clasificación ya no basta. La humanidad atraviesa un proceso cultural de transformación y evolución en el que, aunque no sin resistencia, los viejos paradigmas comienzan a resquebrajarse.
La percepción de que la polarización es una estrategia —no una consecuencia inevitable— se ha vuelto más evidente. Por décadas, los pueblos han sido tratados como masas manipulables, susceptibles al miedo o a la esperanza según convenga a los intereses de quienes detentan el poder. Pero algo está cambiando. Cada vez más personas cuestionan los relatos cerrados, los fanatismos ideológicos, los discursos de superioridad moral, y comienzan a comprender que la evolución social no vendrá de imponer una visión del mundo, sino de integrar las diferencias en un proyecto común.
El caso de Colombia, mencionado como ejemplo, no es aislado: la manipulación ideológica persiste donde hay fragilidad educativa, desigualdad estructural e ignorancia política fomentada por los propios sistemas. Pero esa ignorancia empieza a ser reemplazada por una conciencia crítica que crece, incluso entre quienes fueron tradicionalmente excluidos de los espacios de discusión política. Se trata de una transición cultural muy profunda que, como toda metamorfosis, genera resistencias y dolores, pero que también abre la posibilidad de construir una sociedad más madura, consiente de la fuerza de su espíritu, así de su poder individual y colectivo.
La crítica a los “idealismos absurdos” no implica renunciar a los ideales, sino reconocer que, cuando estos se vuelven dogma, dejan de servir al bien común y comienzan a dividir. La sociedad contemporánea ya no necesita repetir esquemas de confrontación sino avanzar hacia esquemas de colaboración. No se trata de negar las diferencias, sino de trascenderlas en función de algo más profundo: la humanidad compartida.
La cultura política de este tiempo requiere aprender a convivir con la complejidad. Y eso significa entender que las soluciones no vendrán de fórmulas ideológicas puras, sino del diálogo, de la empatía, la compasión y de la capacidad de crear consensos sin anular la diversidad. Es ahí donde se juega el verdadero salto evolutivo: no en quién gana el debate, sino en qué tan capaces somos de dejar de ver al otro como enemigo y empezar a construir desde lo que nos une. Porque el futuro no se decide entre izquierdas o derechas, sino entre quienes siguen aferrados al pasado… y quienes están listos para avanzar construyendo puentes y cerrando grietas.
Ese es el desafío que define la práctica política en este tiempo: la capacidad de convertirse en un verdadero arquitecto de consensos, alguien que diseña rutas para que los líderes y sus comunidades naveguen la complejidad sin naufragar en la confrontación. La finalidad es pasar del mensaje de confrontación al de inclusión, del miedo a la esperanza, de la superioridad moral a la humildad de reconocer la fuerza en las diferencias. El objetivo es identificar los “puntos de dolor” colectivos, al igual que “los puntos motivacionales”, esos catalizadores emocionales que ponen en acción constructiva a la sociedad, y proponer soluciones que trasciendan las etiquetas ideológicas que rayan en fanatismo, atrayendo a esa mayoría silenciosa que está genuinamente cansada del circo político.
Esta transformación es un desafío monumental que requiere valentía. Los líderes deben abandonar la comodidad de su trinchera y asumir el riesgo atreviéndose a ser vulnerables y auténticos, a mostrar compasión genuina y a entablar conversaciones incómodas, pero al mismo tiempo creadoras de los cimientos de una nueva era política. Se requiere una estrategia que no solo hable a las bases, sino que se dirija al corazón de una sociedad que anhela la reconciliación. Por primera vez en décadas, la oportunidad de innovar está en la moderación inteligente, en la capacidad de forjar mayorías desde el centro, entendiendo que el centro no es una tibieza ideológica, sino un espacio dinámico de encuentro y soluciones.
Porque el objetivo y compromiso principal de la verdadera política no es otra cosa que la noble labor de construir la sociedad que todos merecemos.
(José Antonio Sánchez Martínez es columnista exclusivo de Fuentes Fidedignas, pero este análisis fue escrito para publicarse próximamente en “Divergente”, revista de consultoría política, y compartimos como primicia en este espacio con permiso del autor)