Los arquitectos del despojo: las élites financieras detrás de las guerras y el saqueo global

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Las guerras no son producto del azar ni del fanatismo, son decisiones calculadas por estructuras de poder que operan por encima de los gobiernos y que trascienden a los rostros visibles de la política internacional. Lo que ocurre hoy en Medio Oriente, lo que arrasa Palestina, destruye Siria y bombardea Irán, no es el capricho de un presidente o el error de una política exterior mal diseñada. Es el resultado de una arquitectura global de poder, consolidada desde hace décadas, en la que convergen bancos, fondos de inversión, corporaciones tecnológicas, organismos multilaterales y consorcios armamentistas que diseñan el mundo en función de sus intereses, utilizando a los Estados como simples operadores políticos de sus estrategias económicas. El imperialismo contemporáneo ya no se basa exclusivamente en la ocupación militar tradicional, sino en el control absoluto del flujo financiero, las rutas comerciales, los sistemas digitales y las estructuras mediáticas que moldean la percepción pública.

No se trata de teorías conspirativas vacías, sino de estructuras reales y documentadas. Tres fondos de inversión controlan prácticamente todo el sistema económico global: BlackRock, Vanguard y State Street.

Estas corporaciones poseen acciones mayoritarias en las principales petroleras, farmacéuticas, bancos, tecnológicas y empresas armamentistas del mundo. BlackRock, por ejemplo, es accionista mayoritario de empresas como Pfizer, Microsoft, Google, ExxonMobil, Lockheed Martin y Raytheon, las mismas que producen desde medicamentos hasta misiles. El rostro visible de este entramado es Larry Fink, CEO de BlackRock, asesor directo del Tesoro estadounidense y figura clave en la política económica global. Este no es un banquero común, sino un arquitecto de las estrategias financieras que sostienen al imperio. A su lado operan personajes como Jamie Dimon (JP Morgan Chase), quienes articulan los intereses de Wall Street con la diplomacia imperial, mientras organizaciones como el Foro Económico Mundial, dirigido por Klaus Schwab, fabrican los discursos y las agendas globales que luego se traducen en políticas concretas.

En el centro de este entramado se encuentra Israel, no solo como potencia militar en la región, sino como plataforma tecnológica, financiera y logística al servicio de ese proyecto global. La industria militar israelí, íntimamente conectada con Silicon Valley y Wall Street, no sólo exporta armas, sino sistemas de vigilancia, software de espionaje, inteligencia artificial y control digital. El lobby israelí en Estados Unidos, encabezado por organizaciones como AIPAC, financia campañas de senadores y congresistas, asegurando que cualquier política exterior estadounidense sea favorable a los intereses de Tel Aviv. La impunidad de Israel ante la masacre sistemática del pueblo palestino no es un accidente diplomático, es un pacto estructural: a cambio de su papel como gendarme imperial en Medio Oriente, Israel recibe respaldo militar, financiero y mediático absoluto.

Este poder global no se limita a financiar campañas políticas. También utiliza think tanks, fundaciones, ONG fachada y medios de comunicación para construir consensos sociales. Organismos como el Council on Foreign Relations, Atlantic Council o Brookings Institution son verdaderas fábricas de presidentes, ministros y cancilleres. Por su parte, las grandes cadenas mediáticas —como CNN, The New York Times o Reuters— no son simples observadores imparciales, sino engranajes fundamentales de esta maquinaria, encargados de justificar intervenciones, ocultar genocidios o fabricar enemigos a la medida de sus intereses económicos. Mientras se bombardean hospitales en Gaza o se ejecutan asesinatos selectivos en Siria, esos mismos medios desvían la atención global con narrativas fabricadas para moldear la opinión pública.

Los verdaderos dueños del poder no son los presidentes ni los partidos políticos. Son los accionistas invisibles que controlan los flujos de capital, fabrican crisis, imponen deudas a través de organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial y diseñan guerras no por intereses patrióticos, sino por utilidades financieras. Cada misil lanzado sobre Gaza tiene detrás un contrato firmado por corporaciones cuyos dueños jamás pisarán un campo de batalla, pero que se benefician directamente del exterminio de pueblos enteros. Las guerras contemporáneas ya no se libran solo por territorios, sino por mantener intacto el dominio absoluto de esas élites sobre los recursos, las rutas comerciales y la vida misma.

Lo que está en juego no es únicamente el futuro de Medio Oriente, sino el futuro mismo de la humanidad. La pregunta que queda abierta es si los pueblos del mundo, incluidos aquellos como el mexicano que han sufrido en carne propia el saqueo y la violencia estructural, seguirán siendo piezas silenciosas en ese juego de exterminio global o si, por el contrario, tendrán el coraje histórico de romper el silencio, confrontar las estructuras reales del poder y construir una alternativa política y económica que le devuelva dignidad a los pueblos frente a los arquitectos del despojo.

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