¿Qué es la verdad? Epistemología y Ontología en tiempos de crisis

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En una era donde las “fake news” son una epidemia, donde cada individuo parece tener su propia versión de los hechos y donde los algoritmos nos encierran en burbujas informativas, la pregunta por la verdad adquiere una urgencia renovada. No es solo un dilema filosófico para académicos: es un desafío cotidiano para cualquiera que intente navegar el océano de información en que estamos inmersos. Esta reflexión surge de la conferencia con el mismo nombre que impartí el miércoles 2 de abril, como parte del programa “Hackea el Sistema: Curso de Pensamiento Crítico”.

La confianza en las instituciones tradicionales productoras de verdad —universidades, medios de comunicación, gobiernos— se desploma año tras año. No es sorprendente. Hemos presenciado demasiados casos donde la “verdad oficial” ha servido a intereses particulares, donde el conocimiento experto ha sido cooptado por el poder económico, donde los guardianes de la información han fallado en su responsabilidad pública.

Pero la respuesta no puede ser el relativismo absoluto donde “mi verdad” y “tu verdad” son igualmente válidas, independientemente de los hechos. Este camino nos conduce al nihilismo epistémico donde la deliberación democrática se vuelve imposible y solo prevalece la ley del más fuerte—o del algoritmo más efectivo.

Durante siglos, en Occidente cultivamos la ilusión de un conocimiento puramente objetivo, neutral, universal. La Ilustración prometió que la razón humana, liberada de dogmas religiosos y supersticiones, nos conduciría a verdades indiscutibles. El método científico se erigió como el juez último de lo verdadero.

El siglo XX pulverizó esta ilusión. Thomas Kuhn demostró que incluso la ciencia opera dentro de paradigmas que determinan qué preguntas son legítimas y qué respuestas son aceptables. Michel Foucault reveló que cada época tiene sus “regímenes de verdad”—sistemas que establecen qué enunciados pueden funcionar como verdaderos—, y que estos están íntimamente ligados al poder. La Escuela de Frankfurt alertó sobre cómo la razón instrumental, divorciada de fines humanos, podía convertirse en una nueva forma de dominación.

Estas perspectivas críticas no implican abandonar la noción de verdad. Nos invitan a reconocer que nuestro conocimiento siempre está situado en un contexto histórico, cultural y social. Como señaló la filósofa Donna Haraway, reconocer que toda perspectiva es parcial nos permite, paradójicamente, aspirar a un conocimiento más honesto.

Nuestros marcos conceptuales funcionan como gafas invisibles que moldean lo que vemos sin que nos demos cuenta. Un ejemplo fascinante lo encontramos en los experimentos con gafas que invierten la visión: después de unos días usándolas, el cerebro se adapta y la persona comienza a ver “normalmente”. Lo sorprendente es que al quitarlas, el mundo vuelve a estar invertido temporalmente.

Así operan nuestros paradigmas cognitivos. No accedemos a la realidad “desnuda”, sino a través de categorías y conceptos que hemos naturalizado hasta volverlos invisibles. Esto no significa que toda percepción sea una mera construcción subjetiva—hay un mundo que ofrece resistencia a nuestras interpretaciones—pero sí que nuestro acceso a lo real está inevitablemente mediado.

Y aquí llegamos a la cuestión ontológica: ¿qué es real? En nuestra cotidianidad digital, esta pregunta adquiere matices inéditos. ¿Qué es más real: el smartphone físico que sostenemos o la red de relaciones sociales que representa? ¿Su materialidad tangible o los algoritmos invisibles que determinan lo que vemos a través de él? ¿El dispositivo en sí o las condiciones laborales y ambientales que permitieron su fabricación?

La realidad, como nos enseña la teoría crítica, no se agota en lo visible e inmediato. Hay capas estructurales—económicas, políticas, culturales—que permanecen ocultas pero que configuran nuestra experiencia cotidiana. El filósofo Herbert Marcuse habló del “hombre unidimensional”, aquel que ha perdido la capacidad de ver más allá de lo dado, de imaginar alternativas a lo existente.

Si nuestro conocimiento está situado y la realidad es multidimensional, ¿qué queda de la verdad? Propongo pensarla desde tres dimensiones complementarias: La verdad como correspondencia: Sí, existen hechos. El cambio climático está ocurriendo. Las vacunas salvan vidas. La Tierra no es plana. Pero estos hechos siempre los interpretamos desde marcos conceptuales específicos. La verdad como coherencia: Nuestras creencias deben formar un sistema consistente. Las contradicciones internas son señales de que algo requiere revisión. La coherencia no garantiza la verdad, pero la incoherencia suele señalar el error. La verdad como práctica transformadora: La verdad no es solo contemplación, sino acción. Como afirmó Paulo Freire, conocer el mundo y transformarlo son dimensiones inseparables. La veracidad de nuestro conocimiento se pone a prueba en la praxis.

Estas dimensiones sugieren que la verdad no es posesión individual sino búsqueda colectiva. Es algo que construimos a través del diálogo, contrastando perspectivas diversas en condiciones de respeto mutuo. El filósofo Jürgen Habermas propuso el ideal regulativo de una “situación ideal de habla”—un espacio donde prevalece el mejor argumento, no la posición de poder.

En tiempos de posverdad y fake news, quizás nuestra mejor herramienta sea la capacidad de formular preguntas incómodas: ¿Quién produce este conocimiento? ¿A qué intereses sirve? ¿Qué voces excluye? ¿Qué alternativas silencia? Estas preguntas no son simple ejercicio académico. Son instrumentos de emancipación en un mundo donde la manipulación informativa se ha sofisticado hasta niveles alarmantes. La verdad—compleja, situada, dialógica—es quizás nuestra mejor defensa contra el autoritarismo, contra el dogmatismo, contra el pensamiento único que nos dice que “no hay alternativa”.

Walter Benjamin escribió que “articular históricamente el pasado no significa reconocerlo ‘como verdaderamente ha sido’, sino apoderarse de un recuerdo tal como relampaguea en un instante de peligro”. Vivimos un instante de peligro donde la verdad relampaguea, frágil y poderosa a la vez.

Debemos concebirla no como posesión segura, sino como horizonte que nos orienta, como tarea siempre inacabada, como responsabilidad compartida. La verdad no es un punto de llegada, sino un camino que recorremos juntos. Y en ese caminar común tal vez radique su mayor potencial: la posibilidad misma de un mundo más justo, más libre, más humano.

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