Un desarrollo humano que nos una, no que nos separe

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Hace poco, mientras escuchaba la voz de mi padre en una vieja grabación, sentí que sus palabras atravesaban el tiempo. No hablaba como el psicólogo que todos conocían, sino como el hombre que soñaba con un mundo transformado. Su voz, cargada de convicción, me recordó por qué su visión del Desarrollo Humano sigue quemando dentro de mí como una llama que se niega a extinguirse.

Horacio Malcampo de Dios, no era un hombre de medias tintas. Cuando el mundo comenzó a vendernos la superación personal como el santo grial del desarrollo, él se levantó con la fuerza de quien defiende una verdad sagrada: “¡El desarrollo humano no es desarrollo personal!”, exclamaba, con esa intensidad que hacía vibrar el aire a su alrededor.

Aún recuerdo sus ojos brillantes cuando hablaba de lo que realmente significaba el desarrollo: “Tiene que ver con la igualdad, tiene que ver con la libertad, tiene que ver con los derechos, con las obligaciones, tiene que ver con la construcción de nuevas formas de ver la vida”. No eran palabras huecas. Eran el testimonio de un hombre que había entendido que nos estábamos perdiendo en el laberinto del Yo, olvidando que somos, fundamentalmente, un Nosotros.
Mientras escribo estas líneas, pienso en cómo nuestra sociedad se ha fracturado en millones de individualidades que persiguen su propio éxito, su propia felicidad, su propia realización. Pero mi padre sabía que este camino nos conduce al vacío. Con la vehemencia que lo caracterizaba, nos advertía: “El desarrollo humano implica las colectividades”. ¿Cómo podría ser de otra forma? ¿De qué sirve que yo florezca si mi comunidad se marchita?

Había algo profundamente revolucionario y a la vez tierno en su forma de entender el mundo. “No se puede ser promotor del desarrollo humano siendo un hombre o mujer viejos con la vieja cultura”, decía. Y en esa frase estaba contenida su invitación más íntima: la de renacer, la de atrevernos a desaprender lo aprendido, a romper las cadenas internas que nos atan a formas de pensar caducas.

Cuando miro a mi alrededor, veo cómo la industria de la superación personal ha convertido nuestras inseguridades en mercancía. Mi padre lo denunciaba con dolor: “La superación personal, las personas están buscando su propio progreso, su propia evolución, y a costa de eso van perjudicando a muchos más”. ¿No es esta la tragedia de nuestro tiempo? Millones buscando elevarse, sin importar a quién pisan en el camino.

Pero su legado no era solo de denuncia; era, sobre todo, de esperanza. Comparaba el verdadero desarrollo humano con la magia del teatro, donde “ya no hay tú, ya no hay yo, somos nosotros”. Esa experiencia casi sagrada donde las individualidades se disuelven en algo mayor, algo que nos conecta en un nivel que trasciende nuestros egos.

Puedo sentir aún el peso de su mano sobre mi hombro cuando me explicaba que “es la relación social, la relación humana, la que realmente le da sentido a nuestras vidas”. No eran teorías abstractas. Era la sabiduría destilada de una vida dedicada a entender lo que realmente nos hace humanos.

Mi padre no nos pedía que fuéramos positivos o que visualizáramos nuestros sueños. Nos pedía algo mucho más difícil y mucho más valioso: “Realismo, tener pensamiento realista”. Conocer nuestra realidad, mirarla de frente sin maquillajes, y desde ahí, solo desde ahí, prepararnos para transformarla.

Hoy, mientras nuestra sociedad se fragmenta entre extremos que parecen irreconciliables, mientras las redes sociales amplifican nuestro narcisismo y las desigualdades se profundizan, las palabras de mi padre resuenan con una urgencia que me estremece: “Se requiere ser promotor del desarrollo humano, se requiere ser revolucionario para poder cambiar todo lo que tiene que ser cambiado”.

No habló de una revolución de armas o de poder. Habló de una revolución cultural, de liberarnos de los viejos paradigmas, de “tumbar esos candados” mentales que nos impiden ver más allá de nuestras narices. Habló, en definitiva, de una revolución del nosotros.

En estos tiempos de soledades hiperconectadas, donde la autoayuda se ha convertido en un espejismo que nos aleja cada vez más unos de otros, el pensamiento de Horacio Malcampo de Dios brilla como un faro en la niebla. No nos prometía éxito ni felicidad inmediata. Nos ofrecía algo infinitamente más valioso: la posibilidad de transformarnos transformando el mundo, de encontrarnos encontrando al otro.

Cada vez que veo un nuevo libro de superación personal en los estantes, cada vez que veo un anuncio prometiendo la fórmula secreta para el éxito individual, escucho la voz de mi padre, clara y potente: “Eso es mala hierba”. Y recuerdo que el verdadero desarrollo, el que realmente importa, no es el que me separa de los demás en nombre de mi grandeza, sino el que me une a ellos en nombre de nuestra humanidad compartida.

Ese es el legado que mi padre nos dejó. Esa es la revolución que soñó. Esa es la llama que, a través de estas palabras, espero mantener viva en el corazón de quien las lea.

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