¡7 de abril no se olvida! 52 aniversario del asesinato de María Isabel y Juan de Dios, mártires universitarios caídos en 1972

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La persecución y represión de estudiantes desafortunadamente se ha escrito en repetidas ocasiones: uno de los hechos sangrientos que registra la historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa es el asesinato de los estudiantes de preparatoria Juan de Dios Quiñones Domínguez y María Isabel Landeros Avilés, ultimados a balazos por cuerpos policiacos el 7 de abril de 1972, en el Edificio Central de la máxima casa de estudios.

“La muerte de un estudiante no es una muerte cualquiera”, escribió con coraje por esta tragedia Juan Eulogio Guerra Aguiluz (1930-1982), poeta y ensayista inspirado, laureado y combativo, creyente de la educación y abogado de las causas justas.

Indignado por la atrocidad, la musa del dolor llegó al siempre joven y rebelde Guerra Aguiluz cuando escribió estos versos que me diera a conocer el cronista Sergio Herrera y Cairo y que, parece, fueron escritos ayer y no hace casi medio siglo.

Les comparto un fragmento de “Elegía para dos soles” en los que el poeta libera sus demonios internos plasmándolos en la palabra escrita:

“La muerte de un estudiante
no es una muerte cualquiera,
es el paso de la luz
por el ojo de una estrella,
es muerte de girasoles
alumbrando las conciencias,
muerte de cristal de rocas
derramada por el cosmos,
muerte larga de colmenas
prolongándose en los ojos.
La muerte del estudiante
es mil veces más sentida
cuando esbirros del gobierno
con credencial de homicidas
-por un salario vale mierda-
van y les quitan sus vidas
ignorando en su ignorancia
que el estudiante que grita
está gritando por él
y por toda su familia,
exigiéndole al gobierno
para los pobres, ¡justicia!”

Juan de Dios Quiñones Domínguez y María Isabel Landeros Avilés son los nombres de los dos estudiantes asesinados durante la lucha que estalló en esa época por la defensa de la autonomía. Era la década de los setenta y el movimiento estudiantil era reprimido de manera sangrienta en Sinaloa.

En la esquina de Antonio Rosales y Vicente Riva Palacio se colocó un cenotafio en honor de los estudiantes.

También se colocó una placa en memoria de Juan de Dios Quiñones en la Plazuela Rosales, en la cual se puede leer: “Estudiante caído el 7 de abril de 1972, por oponerse a la imposición de Gonzalo Armienta Calderón como rector de la UAS, por parte del gobierno de Alfredo Valdez Montoya”.

En la entrada principal del edificio de la UAS, frente a la Plazuela Rosales, está colocado un cenotafio en memoria de María Isabel Landeros. “Aquí –dice- fue asesinada la estudiante María Isabel Landeros Avilés, por órdenes del gobernador A. Valdez Montoya el día 7 de abril de 1972”.

Este año se cumple el 52 aniversario luctuoso de tal brutalidad. Es inadmisible que la historia registre cómo la dignidad de los estudiantes se ve amenazada de manera permanente por la sinrazón, cuando los baluartes de la tolerancia, la libertad y la justicia deberían prevalecer, sobre todo en los santuarios de la educación superior, en los que la cultura debe representar su esencia, pues es ahí donde se transforma la conciencia de la humanidad.

”…dos varitas de nardo que caen al amanecer…” escribió sobre esta tragedia, hace cuatro décadas, Juan Eulogio “El Locho” Guerra Aguiluz, el poeta que amó como ninguno la casa rosalina y que convivía con sus alumnos porque los veía como aire fresco, como esperanza de un mejor futuro para nuestro pueblo. Su muerte fue igual de absurda, literalmente un salto al vacío.

EL LUTO POR LOS ESTUDIANTES MUERTOS SIGUE VIGENTE

Antes de proseguir debo precisar que parte de la información que comparto en este artículo es de “Efemérides Sinaloenses”, obra de Luis Antonio García Sepúlveda, y las fotografías fueron restauradas y obtenidas de las páginas “Culiacán, su gente y su historia”, “Culiacán”, Mario Alvarado e Ignacio Sanz Salazar.

Revisando las crónicas de la tragedia nos remontamos a ese 7 de abril de 1972:
“Durante una manifestación, frente a la Plazuela Rosales, asesinaron a los jóvenes estudiantes de preparatoria de la UAS, María Isabel Landeros Avilés y Juan de Dios Quiñones Domínguez.

La información de lo sucedido llegó de inmediato a las oficinas de la UAS, entonces ubicadas en Radio Universidad. Algunos testigos presenciales aseguran haber visto a los que dispararon del Edificio Central de la UAS; otros afirman que los responsables de los disparos fueron judiciales.

El Rector Lic. Gonzalo Armenta Calderón presenta su renuncia ante la Junta de Gobierno y al Congreso Universitario. Por la noche el Lic. Alfredo Valdés Montoya, gobernador del Estado en conferencia de prensa, lamenta los hechos y ordena una investigación para castigar a quien resulte responsable.”

Me permito compartir la detallada narración escrita por Víctor Hugo López Noriega:

“Eran las diez de la mañana del 7 de abril de 1972. Desde esa hora elementos de la policía municipal y judicial se dedicaron a detener estudiantes que pasaban por el Congreso del Estado de Sinaloa, donde sesionaban los legisladores locales. El Poder Legislativo se encontraba en esa época cerca del Santuario y de la Plazuela Rosales.

Poco antes El Carlotas Partida llevó en su camioneta a 18 jóvenes que de inmediato fueron armados por la policía con piedras y bombas lacrimógenas y colocados en las azoteas del Congreso del Estado y los edificios vecinos.

Pronto, la zona histórica de la vieja capital sinaloense se convirtió en un campo de batalla.
En la esquina sureste de Ángel Flores y Riva Palacio se encontraba, asustado y curioso, el jovencito Juan de Dios Quiñones, estudiante de preparatoria. A punto estaba de buscar refugio cuando una bala se impactó un poco arriba de su corazón, desvaneciéndose con fuerza sobre la banqueta.

Impactada por los acontecimientos que estaban viendo sus ojos, la jovencita de 16 años, María Isabel Landeros, se encontraba recargada en el barandal del Edificio Central, viendo hacia el centro de batalla. Las balas, las piedras y las bombas molotov surcaban el espacio rosalino. La linda jovencita tal vez ni siquiera se dio cuenta de dos balazos que se estrellaron en su cuerpo: uno en la nuca y otro en el pecho. Trasladada por sus compañeros al Hospital Civil, tras una agonía de tres horas, murió a las 14:55 horas.

“Ese día, la UAS se vistió de luto.”

Al platicar sobre ese fatídico día con Jaime Palacios Barreda, una de las figuras destacadas del movimiento estudiantil sinaloense de los sesenta y del cuerpo dirigente universitario en las dos décadas subsiguientes, recuerda así ese 7 de abril de 1972:

“En una vieja casona contra esquina del Edificio Central de la UAS se atrincheraron judiciales en la azotea disparando contra estudiantes que se encontraban fuera del Edificio Central, asesinando a Juan de Dios y María Isabel. Mi hermano Sergio y un servidor nos encontrábamos en las mazmorras de la judicial del estado privados de la libertad. Por la tarde renunció el Dr. Gonzalo Armienta Calderón, se nos otorgó la libertad y asumió la rectoría (de manera interina) el Dr. Jesús Rodolfo Acedo Cárdenas”.

Me permito compartir ahora un fragmento de la obra “Los Desaparecidos de Sinaloa”:

“44 casos de desaparecidos durante la década de los 70; la primera persona “desaparecida” fue en el año de 1975, momento en que el suceso “se hizo costumbre”. El fenómeno tuvo una cadena de sucesos entre julio y septiembre de 1977, periodo en donde se agudizó el asunto.

Dada la gravedad, en 1978, exactamente el siete de abril de 1978, se fundó la Unión de Madres con Hijos Desaparecidos de Sinaloa, luego del asesinato de la estudiante María Isabel Landeros Avilés en la Universidad Autónoma de Sinaloa, presuntamente por órdenes del mandatario de esa entidad en aquel momento, quien “gobernó” entre 1969 y 1975: Alfredo Valdés Montoya.

Todo provino de la imposición de un rector a la Universidad Autónoma de Sinaloa de nombre Gonzalo Armienta Calderón, contra quien se organizó una oposición al considerarlo fuera de los intereses de la comunidad estudiantil. Los universitarios congregaron un vasto apoyo social más allá de las aulas de clase, situación que provocó una toma militar ¡de un recinto autónomo! para que reprimiera a los estudiantes críticos.

Si a 1968 se le conoce como el 2 de octubre, a 1972 se le recuerda cómo la mañana del 7 de abril, momento en que gente pagada por el gobierno se lanzó contra los estudiantes tanto de universidades como de preparatorias a balazos o a golpes… uno de esos proyectiles alcanzó a María Isabel Landeros Avilés, de 16 años, quien minutos después murió.

Juan de Dios Quiñones Domínguez fue herido y siguió el mismo camino que la joven preparatoriana, él tenía 19 años. Ese fue el triste final de un 24 de febrero de 1970 cuando Gonzalo Armienta Calderón pisó por primera vez la universidad y fue recibido con una consigna: ¡Fuera burgués!

No fue el único asesinato por parte de esas “autoridades”, dos años más tarde Rosario Castillo Castillo fue muerto con un tiro en la nuca.

A partir de ese momento se consolidó un estado policiaco producto de una imposición donde no culminaría con constantes roces entre estudiantes y las “fuerzas del orden”, sino marcaría el inicio de las desapariciones forzadas, o mejor conocido en el México del partido único como “la guerra sucia”.

La Unión de Madres con Hijos Desaparecidos de Sinaloa (UMHDS) es la otra cara de la resistencia estudiantil, las otras personas que pagaron por culpa de gobernadores represores e irresponsables, de rectores inútiles e inservibles, del peor lastre del México del Partido Revolucionario Institucional. Como una de las medidas más recientes se constituyó el Tribunal Social, mismo que emitirá sentencias de carácter moral en contra de los actos de exterminio de estudiantes y sinaloenses durante los años 70.

A la fecha, Lourdes Martínez Huerta, profesora universitaria, quien estaba embarazada, nadie sabe dónde está, ni qué fue de ella, solo que su desaparición marcó el inicio de la represión al pensamiento libre, a la vida tranquila, al derecho a la protesta, al atentado contra la vida misma, jóvenes, adultos, universitarios, preparatorianos, profesores, obreros.

En pie de lucha, las madres de desaparecidos.”

MUERTE DE GIRASOLES ALUMBRANDO LAS CONCIENCIAS

“Es verdad que la pluma es más fuerte que la espada, la educación asusta a aquellos que usan el terror”, dijo la joven estudiante pakistaní Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz.

Ella vivió en carne propia las agresiones y las balas asesinas de los talibanes solamente por ser estudiante y ser mujer. Únicamente por tener el anhelo de estudiar.

Unos días antes, ella obtuvo el Premio Nobel el mismo año que cuarenta y tres estudiantes varones fueron agredidos por policías municipales de Iguala y Cocula. Los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos” desaparecieron luego de ser secuestrados por la fuerza en Iguala, Guerrero.

Este trágico suceso que marcó con sangre la historia de México aconteció el 26 de septiembre de 2014. Este 2024 se cumplirán diez años.

Ahora se sabe que los 43 estudiantes fueron detenidos y supuestamente entregados a integrantes del grupo delictivo Guerreros Unidos. Desde entonces, su búsqueda y el hallazgo de algunos restos ha sido una leyenda de terror que involucra a las fuerzas del Estado.

Cualquier crimen y acto de violencia deben repudiarse, pero más cuando se atenta contra la integridad y la vida de la juventud y los estudiantes en México. La solidaridad con los padres y familiares de los estudiantes caídos y desaparecidos.

Son tragedias que trascienden y no se pueden borrar de la historia nacional porque la desaparición de un estudiante secuestra también la esperanza y el optimismo de un futuro mejor. La muerte de un estudiante desgarra las entrañas y desangra el alma porque es la muerte de la justicia y la libertad, sobre todo cuando impera la impunidad.

La decepción de sus padres y sus familias se transmite por décadas a una sociedad que desconfía de sus gobernantes.

La percepción social sabe que en todos estos crímenes fue el propio Estado quien, como tantas veces, fue el autor intelectual y material de la barbarie, por comisión y por omisión.

Los días pasan en un horizonte tétrico y desalentador donde el pueblo ya juzgó. Sin embargo, hay una luz que no se extingue por los estudiantes asesinados y desaparecidos porque el reclamo popular de justicia es unánime y permanente.

Es así como se mantiene encendida una luz que no puede extinguirse, con el anhelo de que regresen con vida a los desaparecidos y de que castiguen a los asesinos de los que han extinguido la luz de los girasoles. El anhelo legítimo de que no ocurran más tragedias.

Lamentablemente no existe peor simulación que aparentar que se lucha por la justicia cuando se es el verdadero culpable, no hay peor engaño que fingir que hay paz cuando vivimos en guerra. Una guerra de décadas contra la verdad.

No puede haber mayor hipocresía que la de la mentira del desarrollo y el progreso, cuando prevalecen el hambre y la desigualdad; cuando la salud y la educación resultan inaccesibles; cuando la pobreza es un negocio y en los horizontes no se observa esperanza alguna.

No hay nada más asqueroso que derramar lágrimas falsas y ponerse el disfraz de indignación en una pésima actuación, para después reír a carcajadas por el sufrimiento ajeno.

En la era de la información existe una vorágine de desinformación y un sentimiento de impotencia y confusión creciente en una sociedad lastimada.

Sin embargo, el pueblo, a pesar de ser bombardeado noche y día con engaños permanentes, en el fondo siempre sospecha, sabe, la verdad.

Sabe que la justicia es injusta para el desamparado, o solamente existe para el que tiene poder o dinero, o ambos. Quizás por eso, estudiantes en todo el país, han salido a las calles.

Es la prueba de que hay personas que sufren duelos auténticos que merecen respeto, llantos que salen de un dolor que está clavado en el alma, y de un hartazgo que produce irritación y un ánimo que es difícil contener ante burlas tan evidentes de simular respuestas inexistentes.

Nada de esto es nuevo y no se remite a un hecho, un abuso o una desgracia en particular.

Lo sucedido a los estudiantes de la UAS el 7 de abril de 1972 y a los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, son hechos que forman parte de la historia de un México ensangrentado, es el pasado y el presente que gritan con consternación: “¿Qué futuro nos espera?”

Qué grita, como lo dijo alguna vez el revolucionario y ex presidente cubano Fidel Castro:

“¿Qué juventud queremos? ¿Queremos, acaso, una juventud que simplemente se concrete a oír y a repetir? ¡No! Queremos una juventud que piense. ¿Una juventud, acaso, que sea revolucionaria por imitarnos a nosotros? ¡No!, sino una juventud que aprenda por sí misma a ser revolucionaria, una juventud que se convenza a sí misma, una juventud que desarrolle plenamente su pensamiento.”

“¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, resuena como un eco eterno este clamor insistente en el firmamento. “¡Justicia! ¡Justicia!”

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