Réquiem por Luis Enrique Ramírez Ramos

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Fue en la colonia Popular, en Culiacán, la ‘Colpop’, donde los lazos entre mi familia y la de Luis Enrique Ramírez Ramos comenzaron a hilarse como en un telar infinito de anécdotas comunes y complicidades absolutas.

Por la calle Río Aguanaval creció mi papá y también Luis Enrique, junto a su hermano Juan Carlos, que durante muchos años tuvo un puesto de jugos en la zona de la cuchilla, ahí a la vuelta de casa de su mamá, doña Kena, a donde mis hermanos y yo llegábamos a comprarle.

En la primaria, Luis Enrique y mi tía Fidelina, hermana de mi mamá, iban en el mismo salón, y cuando fue su graduación bailaron juntos el vals de fin de cursos. De niño cuentan que era muy serio, que no le gustaba participar en clase, y que el maestro aprovechaba cualquier oportunidad para que toda la clase escuchara su voz poniéndolo a leer en voz alta, sin tener buenos resultados.

Ya de adulto, y siendo amigos de grandes personajes del periodismo y la literatura en México, yo lo leía, me gustaban sus crónicas, sus reportajes cargados siempre de una agudeza y finura al escribir que era un placer hasta el punto final.

Cuando empecé a trabajar en medios de comunicación, por allá en el 2008 fui a pedir trabajo a El Debate. Tardaron varios meses en contactarme. Yo entraría dos días después de que les arrojaron una granada en la entrada que se encuentra por el bulevar Francisco I. Madero. Sin saberlo, yo estaba supliendo el lugar de Luis Enrique, que asustado por el hecho no vio condiciones de seguridad en la que fuera su casa por muchos años y regresó a la Ciudad de México, en busca de refugio entre sus amigos.

Me tocó cubrir sus fuentes, el Congreso del Estado, los entes electorales y colegios de profesionistas. Yo una reportera con poca experiencia, que sólo había cubierto Cultura y Suplementos Comerciales en Noroeste, intentaba llenar el gran vacío que la pluma del orgullo de la Colpop dejó en esa redacción.

Pasaron los años, y un buen día de mayo de 2012, ya teniendo un año de haber salido de El Debate, me contactaron para preguntarme si me interesaba formar parte de un diario digital. Le dije que sí, y me citaron en una cafetería cercana al ya desaparecido Blockbuster, por Ciudades Hermanas, ahí estaba Luis Enrique. Sentados en una de las mesas nos platicó sobre su proyecto, Fuentes Fidedignas, escuchamos atentos, Cynthia Valdez, Elier Lizárraga, hoy mi esposo y yo.

El diario digital inició oficialmente un 7 de junio con muchas ilusiones, en mi caso retomé las mismas fuentes que cubría en El Debate, las mismas que tuvo mi ahora jefe en sus manos y que me desarrollaron un gusto por el análisis del escenario político y social en Sinaloa.

Muchas cosas le debo a Fuentes Fidedignas, muchas cosas le debo a Luis Enrique Ramírez, él nunca supo que cuando leía sus crónicas yo decía, algún día trabajaré en El Debate, algún día me leerán como lo hago yo con él. Hoy que jamás volverá a escribir, duele, duele mucho su ausencia. Hasta siempre. Gracias por todo.   

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