El costo de vivir

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Decir que el costo de la vida está subiendo ya no es una percepción, es una realidad que se siente todos los días. Ir al supermercado, llenar la despensa o simplemente comprar lo básico hoy representa un mayor esfuerzo para millones de familias.

En marzo, la canasta básica aumentó 8.1% anual, muy por encima de la inflación general. Y ese dato no se queda en un indicador técnico: se traduce en algo muy simple y muy duro… el dinero alcanza para menos.

Porque cuando se habla de canasta básica no se habla de lujos. Se habla de lo elemental: carne, huevo, jitomate, frijol, leche, verduras. Productos que no se pueden dejar de comprar y que hoy cuestan más que hace un año.

Para dimensionarlo, de acuerdo con estimaciones de la canasta alimentaria, una persona necesita alrededor de 2,200 a 2,600 pesos al mes únicamente para alimentos básicos. Eso sin contar otros gastos indispensables del hogar.

Mientras tanto, el salario mínimo en México ronda los 9,000 a 9,500 pesos mensuales. En teoría puede parecer suficiente, pero en la práctica se diluye rápidamente cuando se enfrentan los costos reales de una familia.

Y es que vivir hoy no solo es más caro en la despensa.

En Sinaloa, el transporte urbano es de 15 pesos por pasaje, lo que representa entre 700 y 1,200 pesos mensuales por persona, dependiendo del uso diario.

La gasolina también refleja ese encarecimiento constante. La regular (verde) ronda los 25 pesos por litro, mientras que la premium (roja) puede alcanzar hasta los 30 pesos por litro. Esto no solo impacta a quien tiene automóvil, también encarece el transporte de alimentos, mercancías y prácticamente toda la cadena de consumo.

Al final, el gasto mensual de una familia promedio se va acumulando rápidamente:

  • Alimentación básica: 2,200 a 2,600 pesos por persona
  • Transporte: 700 a 1,200 pesos por persona
  • Servicios básicos (luz, agua, gas, internet): 1,200 a 2,500 pesos por hogar
  • Y eso sin contar renta, educación o imprevistos

El resultado es evidente: el ingreso se estira, pero no alcanza como antes.

En ese contexto, se pueden presentar cifras macroeconómicas o debates sobre indicadores sociales, pero la experiencia cotidiana es otra. La economía también se mide en lo que cuesta vivir, no solo en lo que dicen los reportes.

Y mientras el discurso oficial insiste en apoyos sociales y en que millones han salido de la pobreza, la realidad en la calle es más simple: los apoyos ayudan, pero no alcanzan para compensar el ritmo con el que suben los precios.

Porque al final, más allá de cualquier cifra o discurso, la realidad se resume en algo cotidiano: hacer las cuentas antes de pagar, y darse cuenta de que cada vez rinde menos el mismo dinero.

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