En Mazatlán, donde las calles del Centro Histórico parecen guardar sus propios murmullos, una barda cualquiera se transformó en un altar laico de memoria.
En esa esquina de Carnaval y Nicaragua, este 28 de noviembre, las familias llegaron con pasos suaves, como si cada movimiento tuviera que pedir permiso al dolor para avanzar. El Memorial se inauguró justo cuando se cumplen veintiún años del asesinato del fotoperiodista Gregorio Rodríguez Hernández, cuya ausencia aún pesa como algo recién ocurrido.
Fue un día que nació con una tristeza tibia, la que se comparte, la que busca encontrar consuelo en otros que también llevan la misma carga. Allí, entre colores de grafiti y abrazos que decían más que las palabras, se sintió la presencia de Luis Enrique Ramírez Ramos, fundador y director vitalicio de Fuentes Fidedignas. Aunque físicamente ya no está, su figura recorrió el lugar con la naturalidad de quien siempre observó el mundo con asombro: escritor completo, periodista exigente, columnista lúcido, entrevistador agudo y, sobre todo, cronista de la vida cotidiana, capaz de atrapar en una frase lo que a otros les lleva una vida entera nombrar.

Su hermano Juan Carlos y su sobrina Carmen caminaron hacia el mural con una dignidad silenciosa, sosteniéndose mutuamente, llevando en el pecho la memoria viva de Luis Enrique. No llegaron solos: se unieron a las familias que desde hace años se refugian unas en otras para recordar a sus esposos, padres, hermanos; todos ellos arrebatados por un crimen que permanece impune, como si la justicia en México fuera una palabra rota.
A un costado, Tere, Perla y Leonardo llevaban consigo la ausencia de Gregorio, cuya cámara aún parece encendida en los recuerdos familiares. Lety y Lía; Eva y Dulce, esposa e hijas de Humberto Millán, se reunieron con Juan Carlos y Carmen frente a la pared que ahora sostiene, en tinta y color, los rostros de quienes ya no pueden defenderse. Así, juntas, las familias formaron un tejido invisible que sólo el dolor es capaz de hilar.

El mural, elaborado con técnica de grafiti por artistas locales, muestra seis de los nueve periodistas asesinados en Sinaloa desde 2004, además de luchadores sociales: Óscar Rivera, José Luis Romero, Humberto Millán, Javier Valdez, Luis Enrique Ramírez, Omar Iván Camacho, Jesús Antonio Gamboa y Atilano Román. Cada trazo del mural parece buscar devolverles la mirada, recordar que fueron más que nombres en expedientes que no avanzan: fueron voz, oficio, vida.
Fue también un día especial para la Red Nacional Tejidos Solidarios, que bajo la coordinación de Griselda Triana realizó su primer acto público como asociación civil.
Griselda habló con esa serenidad que sólo poseen quienes han atravesado el mismo abismo: perder a un ser amado por ejercer el periodismo. Recordó que este tipo de encuentros alivian, aunque sea un poco, porque “nos reconforta no sentirnos solos”. Y alrededor de ella, todos parecían asentir con el corazón.

En medio del acto, voces de distintos organismos coincidieron en la gravedad del país que habitamos. Desde Artículo 19, Mariana Suárez recordó que el 95 por ciento de los asesinatos de periodistas en México siguen impunes. Una impunidad que, dijo, no sólo destruye familias: también desgarra la democracia y la verdad. Jan-Albert Hootsen, del CPJ, y Ricardo Neves, de la ONU-DH, hablaron de memoria, de resistencia, de la necesidad de proteger a quienes investigan y cuentan lo que otros prefieren callar. Porque, señalaron, esa labor sostiene la conciencia pública y, en muchos sentidos, nuestra libertad.
En el Memorial digital, complementario al que se inauguró en la calle, esposas e hijos han dejado cartas que parecen escritas con el corazón abierto: palabras que buscan una manera de seguir conviviendo con la ausencia, de abrazar un recuerdo sin que duela tanto. Son textos que, como el mural, levantan una pequeña luz en medio del silencio.
A un lado, como testigo discreto, estaba Dante Aguilera, la persona que donó su barda para que esta obra existiera. Y entre quienes acompañaron estuvieron también Jhenny Judith Bernal Arellano, directora del Instituto para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas de Sinaloa, y representantes de Artículo 19. Cada uno aportó presencia, respaldo, un gesto que dice “estamos aquí”.
Cuando el mural fue descubierto, un silencio profundo cayó sobre todos. Un silencio que no inmovilizó, sino que abrazó. Los ojos pintados de Gregorio, de Humberto, de Javier, de Luis Enrique y de los demás parecían encenderse con la claridad del mediodía. Fue como si, por un instante, el tiempo cediera y ellos regresaran a ocupar su lugar entre los vivos.
Y así, en una simple barda de Mazatlán, quedó sembrada una afirmación que nadie podrá arrancar: los periodistas asesinados siguen aquí, en las familias que los recuerdan, en la gente que exige justicia, en cada texto que aún se escribe para nombrarlos.
Los rostros no se borran.
La memoria no cede.
Y mientras haya quien los nombre,
seguirán vivos.




